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El Condor Andino

El Cóndor Andino es un ave con amplia distribución geográfica en América del Sur que se extiende por la cordillera de los Andes desde el oeste de Venezuela hasta Tierra del Fuego en Argentina, Chile y Perú. A pesar de esta gran distribución, su variabilidad genética es escasa, su tasa reproductiva es muy baja y algunos autores consideran que hay fuertes indicios de retracción poblacional. Su dieta está compuesta exclusivamente de animales muertos (carroña), principalmente mamíferos de mediano y gran tamaño.

En el amplio contexto geográfico andino esta especie ha sido protegida y venerada por las sociedades indígenas, quedando representado en petroglifos, en la cerámica y en el arte textil de la zona (Gordillo 2000, Campos et al. 2012). Para estos grupos culturales, el ave se asocia a los espíritus de sus antepasados, los cuales protegen y cuidan a sus descendientes (Gordillo 2002, Rozzi 2004). Actualmente, el Cóndor Andino continúa siendo motivo de múltiples representaciones socio-culturales a través de rituales, ceremonias y distintos tipos de manifestaciones artísticas. En países como Bolivia, Chile,

El cóndor en el arte, festividades y uso ritual.

El cóndor ha sido foco de manifestaciones artísticas, tanto tangibles como intangibles, que expresan una visión sensible hacia esta ave por parte de los pueblos que la han representado. Existen algunas expresiones que datan del período pre–colombino, y otras que se reproducen hasta la actualidad en escenarios indígenas, no–indígenas, rurales y urbanos de Sudamérica. Un ejemplo de las manifestaciones tangibles son las numerosas figuras artesanales que tienen a esta ave como motivo central de sus creaciones.

Entre las expresiones intangibles asociadas al cóndor, su importancia en el mundo andino se traduce ritualmente cada año en la Yawar Fiesta (Yawar = sangre) en Apurimac, Perú. En esta festividad se desata una fuerte lucha entre un cóndor y un toro, donde el ave está atada al lomo del ungulado. Esta imagen reproduce la idea del cóndor como un anunciante de la caída del imperio incaico y, al mismo tiempo, simboliza el enfrentamiento entre el mundo andino (antiguo imperio inca), representado por el cóndor, y el conquistador español, representado en el toro. Otra festividad andina icónica corresponde al carnaval de La Tirana que se celebra cada año en el mes de Julio en el norte de Chile. Miles de devotos se congregan cada año en el desierto de Atacama y el personaje–cóndor forma parte fundamental de varios de los grupos de músicos y bailadores. El personaje–cóndor juega un papel simbólico en las danzas que representan el vuelo. En esta fiesta religiosa, su inclusión expresa además un elemento biocultural representativo del sincretismo de la cultura andina y católica española.

También dentro de las expresiones bioculturales intangibles se encuentran la gran cantidad de cuentos, fábulas, poemas, odas y canciones que han encontrado al cóndor como protagonista. Son numerosos los autores que han dedicado al cóndor sus expresiones, muchas de las cuales hacen mención al carácter sudamericano, mítico y célebre de esta ave. Varias de estas obras construyen una identidad sudamericana sincrética, con elementos precolombinos y post–independencia, como ocurre en «El cóndor pasa» (1913), obra musical tradicional de Daniel Alomía Robles. Esta pieza constituye una zarzuela dividida en tres ritmos: un yavarí, un pasacalle y una fuga de huayco, y ha sido declarada Patrimonio Cultural del Perú por el Instituto Nacional de Cultura (Vargas–Clavijo & Costa–Neto 2008). De forma similar, en un clamor de identidad cultural regional, el canto del escritor chileno Patricio Manns (2012) describe: «Otro cóndor desde el Illimani, mira el pico de Aconcagua y se agita ante el gigante cual bandera americana… El cóndor no reconoce más que la tierra profunda: Si no encuentra cordilleras, rompe la tierra y las funda… La morada de los cóndores es un lugar soberano instalada sobre el cielo de los sudamericanos». El poeta mexicano Francisco Azuela demanda un sentido de justicia con la existencia del cóndor y de las culturas precolombinas, y exalta la ética contenida en las cosmovisiones amerindias en su poema «El cóndor de los Andes, víctima de sueños» (2002): «El Illimani envía en el reflejo de su nieve, una vez más, su manto de amor a una ciudad perdida, el cóndor se conmueve en su propia ternura de siglos… ¿De qué color es tu alma hombre–pájaro–cóndor?, ¿dónde quedó el último aliento de tu sombra?, ¿dónde quedó tu pasado?, ¿dónde quedó tu América con sus puertas al sol, con sus guerreros de flechas en pedernal?… Cóndor de los Andes infinitos, de patrias compartidas, silencio de luz en tu plumaje de esperanzas».

El cóndor adquiere en estos poemas un carácter de especie carismática o emblemática, que representa uno de los papeles más importantes que ofrecen las especies bioculturalmente claves para los esfuerzos de la conservación biológica y cultural en la actualidad (Arango et al. 2007). A fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, unos 2000 años después de la cultura moche, los poetas Manns y Azuela recuperan también la integración de lo cultural biológico, de lo biofísico y simbólico, en una construcción del continente americano en que con el hombre– pájaro–cóndor y su morada instalada sobre el cielo de los sudamericanos, se vuelven a tejer las suturas entre los co–habitantes humanos y otros–que–humanos.

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El valle de los Andes está custodiado por criaturas que habitaron el territorio mucho antes de la llegada de los humanos, es el ave no oceánica más grande del planeta, con una envergadura de casi tres metros marcando su territorio, y duda de lo que fue el imperio. El buitre más grande de América es el buitre andino, tiene plumas negras en el cuerpo, plumas blancas en el cuello esbelto y el extremo de sus alas vuela a una velocidad de 70 kilómetros por hora.

El buitre simboliza fuerza, sabiduría y majestad. Los incas creían que el buitre era inmortal. Según la mitología, este animal puede sobrevivir hasta los 75 años. Cuando empieza a envejecer y siente que su poder se agota, se posa en el pico más alto de la montaña, dobla las alas y levanta las patas, y cae al dominio. En el fondo del valle, esta es una muerte simbólica, porque el buitre regresó al nido a través de este comportamiento, renaciendo de allí, renaciendo en un nuevo ciclo, una nueva vida.

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